La historia de los sabios de oriente

three kings figurines

Hace más de dos mil años, tres sabios de lejanas tierras de Oriente, emprendieron un peligroso camino siguiendo a una mágica estrella.

Eran observadores de los cielos y en ellos leyeron la llegada al mundo de un hombre, un niño que cambiaría el mundo. Estaba escrito que se convertiría en un rey sin corona, con un gran reino. Sin pensarlo dos veces, emprendieron un viaje lleno de regalos para el infante.

De las tierras del norte, viajaba el sabio Sión, que portaba en alforjas valiosos objetos de precioso oro. De las tierras meridionales, venía Jasper cargado de aromático incienso. Las tierras del sur eran el hogar de Baltsar, que llevaba mirra de su tierra.

Viajaban guiados por las estrellas. Por una en concreto que se movía a través del cielo nocturno, como una estrella fugaz de comportamiento anómalo. Siempre aparecía en el mismo lugar que en la noche anterior desaparecía.

No se habían visto antes. Solo se conocían de haber oído hablar a compañeros de profesión. Pero la casualidad quiso que, a la sombra de una montaña, los caminos de los sabios se encontrasen.

Hablaron de lo que les había hecho emprender aquel largo viaje y se sorprendieron al descubrir que los tres tenían un objetivo común. Decidieron que, para su seguridad, sería mejor viajar juntos. Así reanudaron su marcha.

La estrella les guiaba hacía Judea, tierra de hebreos en territorio romano. Guiados por las estrellas y mirando en los mapas que traían, se dirigieron a los caminos principales.

Las carreteras estaban llenas de gente que viajaba a sus ciudades de nacimiento a censarse, según había sido mandado por orden de los gobernantes romanos. A pesar de todo, el camino estaba plagado de ladrones que esperaban una oportunidad de asaltar al descuidado viajero.

Viendo los ladrones a los tres sabios, e intuyendo su origen remoto, les asaltaron en varias ocasiones en busca de un botín que adivinaban suculento. Nada tuvieron que hacer contra la destreza y fuerza de Baltsar, que les desarmó con gran rapidez.

En el transcurso de su trayecto, atravesaron varias ciudades de la provincia. Cada vez eran más numerosas. Aprovechando el paso por ellas, se beneficiaron de las comodidades de alojarse en posadas y la obtención de provisiones, que, para ese entonces, eran muy limitadas.

Algunos de los mercaderes con los que trataron, intentaron timarlos en el precio de los productos. Pues que mejor que unos forasteros para aumentar las ganancias a expensas de su desconocimiento.

Pero, su engaño nunca llegó demasiado lejos. Jasper, gran matemático y lingüista, desbarató sus planes y exigió el precio legítimo por las mercancías. Las voces de protesta llamaron la atención de los soldados romanos y, no tuvieron más remedio que ceder.

Entre las provisiones obtenidas, Sión había comprado un mapa en el que trazar el camino recorrido e intentar adivinar su destino final. Hasta aquel momento no habían hecho más que adentrarse en el territorio de Judea.

Tras varias semanas de viaje, llegaron a las afueras de la ciudad de Jerusalen donde, el rey Herodes, les recibió con un gran banquete. Había oído los rumores acerca de los tres hombres a lo largo de su territorio y quería averiguar el motivo que les llevaba a realizar tan largo viaje.

Sión, en calidad de portavoz del grupo, le habló de sus observaciones astrológicas y de la profecía del nacimiento del verdadero rey de los hebreos. Ante tal noticia, Herodes sintió un gran interés por conocer el lugar exacto del alumbramiento para ir a verle y les pidió que, a su vuelta, pasaran por Jerusalen a informarle. Sin embargo, la intención del rey no era únicamente verle, deseaba deshacerse de él, pues temía que en un futuro, le robase su trono.

Sin sospechar de las verdaderas intenciones de su anfitrión. Los tres le dieron su palabra de comunicarle su descubrimiento y partieron en la noche siguiendo la estrella guía.

Dirigiéndose siempre hacía el oeste, llegaron a la pequeña ciudad de Belén. Y, allí, a las afueras de la ciudad, en un humilde pesebre, encontraron detenida la estrella. A su llegada, desapareció en el firmamento nocturno.

Sion, Jasper y Baltsar se acercaron hasta el portal. Allí descansaba una pareja con un niño recién nacido. No tuvieron ninguna duda que, ese bebé, algún día se convertiría en rey. Era algo que se podía ver en sus pequeños ojos verdes, en su ascendencia real.

Cada uno presentó el presente que habían traído de sus lejanas tierras. Tres regalos que agradaran al recién nacido: Oro, incienso y mirra. El niño sonrió a sus padrinos complacido con aquella deferencia por parte de esos sabios. Myriam y Josué agradecieron con humildad el trato que daban a su hijo.

La joven pareja les acogió con lo poco que tenían y les ofrecieron descansar y algo de comida. Les agradecieron las atenciones pero las denegaron amablemente, instalándose fuera del portal y compartiendo parte de las provisiones con ellos. Pues siempre podían comprar más en el camino de vuelta sin pasar ninguna estrechez.

Pasaron la noche y parte del día siguiente allí, hablando con los padres y observando dormitar al bebé, hablando sobre el futuro que le esperaba. Al mediodía, Sión analizaba el mapa para iniciar la vuelta, Jasper le ayudaba mientras Baltsar se informaba con Josué, de los peligros que se podían encontrar en los caminos.

Partieron hacía el atardecer, acompañados por la suave brisa del viento. Desandaban lo andado, por comodidad y conocimiento del camino. La luna ya se encontraba en su cénit, cuando, en la orilla, observaron a una persona vestida de blanco que les esperaba.

Se detuvieron a su altura. Tenía un aire de magnificencia y bondad que evidenciaba sus buenas intenciones. Se bajaron de sus monturas y lo confrontaron.

-Señores, mi Amor, el creador de todas las cosas, me envía a traerles un comunicado- habló el hombre con voz profunda.

-¿Cuál es ese mensaje que portas? Con mucho gusto aceptaremos sus órdenes- dijo Sión con gran respeto.- No hay mayor honor para nosotros que el Creador deseé algo de tan humildes mortales.

-Me envía a advertiros de las intenciones de Herodes, rey de Jerusalén- se detuvo un instante en el que los tres viajeros intercambiaron miradas de curiosidad.- Cuando os pidió que le indicarais el lugar del nacimiento del redentor, únicamente lo deseaba para darle muerte. Así pues es deseo del Padre, que toméis otro camino para vuestra vuelta.

-Trasmitidle nuestro agradecimiento, pues ninguno de nosotros desea ser cómplices de tan atroz crimen. De inmediato cambiaremos nuestra ruta. Nada ha de temer el Señor de un atentado contra la vida del infante- añadió Baltsar cuyos ojos se habían dilatado ante la mentira descubierta del rey. Nada le parecía más atroz que la muerte de un ser inocente.

-Muchas gracias. Dios os pagará con creces esta deferencia que tenéis con él y su hijo- les señaló el camino y sus monturas.- Ahora continuad vuestro camino. Volved a vuestro hogar, ningún peligro os acechará.

Así los tres sabios, cambiaron de ruta y salieron de Judea sin pasar por la capital. Más allá de las tierras romanas, llegó un punto en el que se tuvieron que separar prometiendo volver a verse. Pues el viaje les había marcado y trabaron una fuerte amistad.

Al llegar a sus tierras, la suerte les sonrió y aumentaron sus riquezas e influencias. Vivían una buena vida dedicada al estudio, a la familia y a aquellos semejantes a los que pudieran ayudar.

Pasaron los años, y cuando se volvieron a reunir, Jasper traía horribles noticias de Judea. Tras su partida de aquellas tierras, y viendo que no volvían, Herodes mandó matar a los niños menores de un año. Un crimen atroz que conmocionó a los hombres, que vieron en su acción la condena a esas pobres criaturas.

Era una culpa que no se les iba de las cabezas. Querían enmendar el error cometido. Así, una noche, mientras estaban los tres reunidos, llegó un visitante. El mismo emisario que les advirtiera de las intenciones del rey Herodes.

Habiendo visto Dios su congoja, y sabedor de la buena voluntad de los tres hombres, les otorgó la inmortalidad a ellos y a sus familias, y les concedió un terreno en el paraíso igual que las tierras de dónde venían.

Pasaron los siglos, y los tres hombres iniciaron un proyecto, un proyecto con el que desasirse del recuerdo de la orden de Herodes, un proyecto para ver las sonrisas de los niños y regalarles, por un día, aquello de lo que se ven privados durante el año. Visitarían todos los hogares del mundo y llevarían regalos.

Y desde entonces, la noche entre el 5 y el 6 de enero, emprenden el viaje, en recuerdo de aquel primero a las tierras de Jueda, alrededor del mundo.

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