La llamada del mar

Desde que era pequeño soñaba con echarme a la mar y recorrer el mundo más allá de mi pequeño pueblo. Sin embargo a mi madre no le gustaba esa perspectiva, a pesar de vivir en una villa pesquera. Ella, no quería oír ni hablar del mar. Vivíamos de lo que nos daba la granja de mi padre.

Al principio, cuando era pequeño y podía hacer lo que quería, me escapaba con los demás niños del pueblo a la playa. Pero, tras la muerte de mi padre, tuve que hacerme cargo de la granja junto con mi madre y mi pasión por el mar quedó en un segundo plano.

Pese a ello no podía huir de él. Cada día de viento le oía rugir y chocar contra los acantilados y me llegaba el olor del agua salada. Todo ello me llamaba a desobedecer los deseos de mi madre.

Había bajado a la cueva en la que escondía un bote con el que solía salir a explorar el mar cercano, y cuando llegué me encontré con una joven de largo cabello negro y hermosos ojos azules, vestida únicamente con una de las camisas que tenía guardadas en el bote.

La joven se sorprendió al verme y trató de huir de mí. Sin embargo las piernas le fallaron y apenas logró alejarse unos metros. Podía ver el miedo y el desconcierto pintados en su cara. Me acerqué con cuidado tratando de no asustarla, a pesar de saber que no podía ir a ningún lado.

Trataba de alejarse de mí e intentaba trepar por la rocosa pared de la cueva. Antes de llegar lo suficientemente cerca de ella, me gruñó y me enseñó los dientes. En un primer momento me asusté. ¿Qué clase de chica era esa?

Detuve mi avance y aquello pareció calmarla un poco.

-¿Qué haces aquí? ¿Quién eres?- pregunté con cautela.

Ella me miró sorprendida y dejó de alejarse para mirarme confundida. Sus ojos azules estaban fijos en mí pero no me respondió.

-Yo soy Aladar, vivo aquí cerca- añadí esperando que aquella misteriosa joven hablase.

-Seirena- fue la única palabra que obtuve.

Su voz tenía un tono musical que nunca había oído, ¿verdad?

-¿Qué haces en esta cueva? No es un lugar muy seguro.

-Me escondía- dijo. Se intentó levantar con éxito, apoyándose en la roca.- Y tú, ¿qué haces aquí?

-Venía a dar un paseo por el mar en mi bote.

Seirena lo miró y luego a mí. Sonrió. Tenía los dientes de color blanco. Tan brillantes que parecían perlas. Me deslumbró y estuve a punto de caerme al agua. Ella fue a auxiliarme y tropezó. La roca le cortó la piel en una de sus piernas, haciendo que la sangre saliera a borbotones.

Rápidamente, y sin hacer caso de su recelo, corté un pedazo de mi camisa y se la até en torno a la herida logrando detener la hemorragia.

-La herida parece profunda, será mejor que vengas a casa a que mi madre te cure el corte.

-No puedo. He de encontrar a alguien. Es urgente.

-Tendrá que esperar-dije mientras cogía su brazo y lo pasaba por mi hombro. Agradecí que no se resistiera.- Además no puedes ir por ahí vestida solo con una camisa.

Seirena se sonrojó y no me dio problemas. Salimos a la playa a través del camino de rocas que unía la cueva y la orilla. Durante el breve trayecto, la chica evitó todo contacto con el agua. Yo por el contrario acabé empapado.

Una cosa era presentarme en casa con una chica misteriosa y otra que además me presentase mojado en un día que lucía el sol sobre el cielo. En seguida vería que la había desobedecido y se enfadaría mucho.

Tardamos un rato en llegar debido a que le costaba andar. Tropezaba constantemente con los pies y como el camino era cuesta arriba aún le costaba más. Suspiró aliviada cuando llegamos a la cima y vio la casa.

Mi madre me esperaba en la puerta y, al contrario de lo que sucedía en otras ocasiones, no me gritó ni vino a buscarme enfadada. En la distancia pude ver la cara de asombro que puso al verme con Seirena. El asombro pasó al horror.

No sabía el motivo de su reacción. Miré a los lados pero no vi nada extraño. A mi lado Seirena miraba en dirección a mi madre sin apartar la vista un solo instante. Desde la puerta, mi madre también la observaba.

Acortamos la distancia que nos separaba. Al vernos aproximarnos, mi madre consiguió reaccionar y se volvió para entrar en casa.

-Aladar entra- dijo de forma seca y cortante.

Nunca la había oído hablar así delante de un invitado. Pero, tras el intercambio mutuo de miradas, percibía que me había perdido algo. No estuvo muy contenta al ver que Seirena me seguía.

Ninguna de las dos decía nada por lo que decidí romper el hielo.

-Ella es Seirena, la encontré de camino del pueblo- mi madre rechinó los dientes.- Se hizo un corte profundo al tropezar y por eso decidí traerla a casa.

La mención de la herida la hizo reaccionar y se acercó a la joven. Le quitó el trapo que le había puesto y con gran rapidez se hizo cargo del corte.

-¿Qué haces aquí Seirena? ¿Te envía mi padre?- preguntó mientras le limpiaba la piel.

No me debí sorprenderme de que la conociera, no después de cómo había reaccionado al verla, sin embargo, lo hice. Nunca había conocido a mi abuelo. Ni siquiera hablábamos de él.

-No directamente-contestó. – Realmente me envía su consejero. Necesitamos que vuelva.

¿Consejero? ¿Era tan importante mi abuelo que necesitaba un consejero? Aquello mejoraba por momentos y me acomodé en un rincón de la sala tratando de pasar desapercibido.

-Dile que no volveré. Lo dejé muy claro hace años- replicó. Le estaba volviendo a vendar la pierna mientras hablaba.- Y mi padre también.

-Vuestro padre ha muerto y necesitamos que su hija nos gobierne- mi madre frunció los labios pero no dejó mostrar ninguna emoción.

-No puedo. Vivo aquí.

-De acuerdo, pero…- Seirena miró en mi dirección con cierto destello en sus ojos.

-Ni se te ocurra. Él no se va. Es mi hijo- saltó mi madre interponiéndose entre ella y yo.

Yo no sabía de qué iba el asunto, pero sentía cierta atracción por Seirena. Estaba dispuesto a seguirla allá a donde fuera, aunque no supiera el destino. Pero antes de que yo pudiera decir nada ella se había ido y en la casa solo quedábamos mi madre y yo.

Una vez nos quedamos a solas, mi madre se desplomó sobre una de las sillas y yo me acerqué a ella en busca de respuestas.

-¿Quién era Seirena? ¿Qué quería?- interrogué. Ella no contestó se limitó a apoyar las manos sobre la mesa, pensando, sin mirarme.- ¿De qué te conocía? ¿Qué pasa con el abuelo?

-No lo entenderías Aladar. Es complicado.

-Pues quiero saberlo madre. ¿Por eso odias el mar?-mi madre levantó la cabeza pero no me miró.

-Supongo que sí- respondió con voz ausente.

-Pues yo lo adoro, con cada célula de mi cuerpo- le dije. Al oírme no me reconocía. Era como si mi voz no fuera mía y algo dentro de mí se estuviera revelando contra todo lo que conocía.- Siento que me llama, todos los días, desde que era pequeño.

Mi madre se levantó y me miró con los ojos llorosos. Me abrazó fuertemente y cuando me soltó, no estaba preparado para oír la verdad.

-Soy la hija de Neptus, rey del océano. Hace años nos enfadamos y huí a tierra firme donde conocí a tu padre. Me enamoré y decidí quedarme a vivir aquí renunciando al mar. Cuando naciste temí precisamente esto, pero no podía pedir a tu padre que también él abandonase su hogar. Incluso cuando murió, no pude abandonar la granja. Sabía que no podría encontrar otro lugar que pudiese llamar casa.

“Pero yo no puedo volver. He dejado de oír la llamada del mar y por eso le odio.

“No quiero que te marches Aladar. Pero veo que es imposible querer retenerte. Has heredado mis genes de sirena, puedes entender a Seirena… No lo supe ver hasta ahora.

Ese era el secreto de mi madre. Y también el mío. El mar me esperaba y también Seirena. Sin embargo mi madre se iba a quedar aquí.

Mi madre había ido hasta un armario mientras yo reflexionaba sobre lo que me acababa de contar. Cogió una caja y cuando volvió ante mi lo abrió. Dentro había una caracola atada a una cuerda blanca.

-Sé que vas a ir. Te lo veo en los ojos. Pero deberás llevar esto para que sepan que eres mi hijo- me colocó el collar alrededor de mi cuello. Me rodeó con sus brazos y pude sentir todo su cariño concentrado en ese último abrazo.- Ve Aladar, ella te está esperando. Si se va no volverá nunca más.

-Te echaré de menos mamá- dije antes de salir.

-Y yo a ti hijo mío.

Con gran tristeza emprendí mi camino de vuelta a la cueva con el collar que me había dado mi madre. Allí Seirena esperaba sentada en la roca, medio sumergida en el mar. Sus pies habían sido sustituidos por una cola de pez.

-Sabía que vendrías Aladar. Lo supe en cuanto te oí hablarme- me tendió la mano al tiempo que terminaba de sumergirse en el mar.

-No me ahogaré ¿verdad?- ella rió y negó con la cabeza.

Le cogí la mano y me sumergí en el mar. Mi cuerpo se transformó y nadamos mar adentro hacia la ciudad de las sirenas y tritones. Hasta el reino del rey Neptus.

Sentí la caricia del agua y como me daba una calurosa bienvenida.

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