Amantes trágicos

Cada noche observa el lento ascenso de las estrellas en el cielo nocturno. Espera que las brillantes luces, le traigan un mensaje del joven moreno, de ojos azules que tiene su corazón prisionero, en sus cálidas manos llenas de amor y pasión. Pero los luceros no saben dónde está. Hace mucho que no lo ven en su paseo nocturno. Por ello, cada noche pide a la brillante luna que ilumine el mundo para que lo encuentren.

La gente dice que ha muerto y que no volverá. Murió en el camino de vuelta víctima de la fiebre. Murió en un accidente. Otros cuentan que la ha olvidado y huyó lejos de ella. Los más crueles dicen que se ha enamorado de otra y que nunca la quiso.

Por ello, sólo se fía de la sinceridad de las luces de la noche. Las mismas estrellas que fueron testigo de su amor, de sus promesas y juramentos de amor eterno. Ellas no la engañarán nunca. Son sus fieles consejeras y amigas. Las conoce a todas desde pequeña.

Las personas murmuran. Se han dado cuenta que su pena que no se disipa. Su flor más brillante se marchita y no saben cómo animarla. Le han dicho la verdad, su verdad. Una verdad que no desea oír. Y mientras tanto, deja de lado su trabajo y la ciudad se hunde con ella tiñéndola de un melancólico azul.

Hoy las estrellas traen noticias. Su joven amor está vivo y vuelve con ella. Sale con su vestido azul de seda y gasa, ese que tanto le gusta a él; a su encuentro y deja de oír las advertencias de las lejanas luces. No se fija en la oscura ausencia de la luna.

Atraviesa la ciudad silenciosa hasta llegar al rio que separa la ciudad con su cauce tranquilo. Ciudad dividida y unida por un bello puente de piedra esculpida. Dos figuras de ángeles flanquean los accesos con una sonrisa inescrutable.

Las estrellas chillan todas juntas y tratan de llamar a la luna para que devuelva la cordura a su amiga. Pero cuanto más gritan, más nubes oscurecen el cielo, callando sus súplicas. Impidiendo que alumbren el camino.

Son unas advertencias sordas pues ahora solo ve a su querido amor, sano y salvo. Tan guapo, tan sonriente. Corre a abrazarlo llena de alivio, completamente feliz. Cuando él la abraza y la reconforta, le vuelve la ilusión y la vida. Sus mejillas recuperan su color rosado, y sus ojos grises brillan como si una de sus amigas se hubiera escondido en ellos. Todo está bien.

Las nubes han cubierto por completo la luz de las estrellas y está todo en silencio. Un silencio sepulcral que estremece a la joven que empieza a darse cuenta que algo va mal. Al separarse y mirar a su amor, ve que ha cambiado.

Sus rasgos son más angulosos, más duros, más fríos. Sus ojos azules se han tornado del color del hielo. Su abrazo es fuerte y no la suelta. Casi la hace daño. Tarde, entiende el desesperado consejo de sus amigas resplandecientes. Trata de forcejear, de soltarse de su agarre y cuando al fin lo consigue, observa unas figuras negras que se mueven sigilosas en las sombras.

El ejército negro, que trae consigo la destrucción. La legión maldita, sellada tiempo atrás. Ahora, ha sido liberada por el hombre que ama. Así lo revela el tatuaje que le sobresale por la mano, el escudo del traidor Némesis.

Amor entregado, amor traicionado en una ausencia fatídica. Ella le quiere, siempre lo ha hecho. Sus ojos derraman lágrimas amargas por su ceguera, por lo que ve, por lo que ha hecho, lo que intuye que hará.

El viento sopla trayendo el lamento, los gritos mudos de horror de la ciudad enfrente suyo. Llega el olor de la sangre derramada, de la muerte que se cierne sobre sus presas. Primero la pena y después la alegría, habían embotado sus sentidos.

Su gente muere, por la indirecta mano de su amor. Un hombre que le pide unirse a él para gobernar juntos como dioses esa ciudad y del mundo entero. Un mundo en el que solo vivirán esas horrendas criaturas, sedientas de sangre y muerte.

Ella solo puede negarse. No puede dar la espalda a los suyos, ni a sí misma. Por mucho que le quiera, no puede traicionar su condición, su ser, su todo, por alguien que se ha abandonado a la oscuridad. Sabe que de continuar así, no existirá salvación para su alma.

Ella puede evitar que se enturbie y corrompa a la vez que salva parte de su ciudad.

Saca de su colgante, su gema de cristal encantado que empieza a brillar acumulando el poder de las estrellas celestiales. El cristal flota entre sus manos dirigiendo su luz a las figuras negras.

Estas chillan, susurrando palabras envenenadas al joven de ojos azules. Su cara se llena de ira, sus pupilas se vuelven rojas. Ha sido poseído por los demonios negros. Se vuelve más poderoso, más fuerte.

No puede dudar. La luna viene en su auxilio, respondiendo a la llamada de las estrellas. No está sola. Todas han venido a apoyarla. Debe hacerlo ahora, sin vacilaciones. La luz sagrada del cristal realizará su cometido a una orden suya.

Libera la luz, brillo de estrellas con lágrimas que le anegan los ojos y no ven al joven poseído, enarbolando una espada negra, abalanzarse sobre ella.

Las estrellas tampoco han prestado atención, concentradas en transmitir su fuerza a su amiga.

Se produce el choque entre ambos. La espada negra se hunde en la carne y la luz sagrada sale de su prisión de cristal para encerrar al ejército negro y con él, causar la muerte al responsable de su liberación.

Justo cuando ella compone una mueca de dolor, él logra reaccionar. Sus ojos se tornan nuevamente azules y se da cuenta de sus actos. Se da cuenta de que va a morir. También ella lo hará por su mano, por hacer lo que debía.

Se inclina con sus últimas fuerzas sobre ella y le roba su último beso en esos suaves labios que guardan el calor y el amor de su dueña.

No piensa que ella le corresponderá, pero lo hace con un sabor a despedida, amargo beso. Ella llora cuando siente el peso de su amado, ya muerto.

Las figuras negras desaparecen selladas nuevamente en su prisión eterna.

Todo el mundo se desvanece en torno suyo. Solo quedan ella y él. Y llora desconsoladamente. Son lágrimas de sangre por las que se le escapa la vida.

Las estrellas piden que se cure, que viva. Ella es especial, es importante, su amiga.

Pero no las escucha. Ha perdido todos los sentidos. Solo estaba ella y su amor muerto, rodeada de una cálida luz blanca que la acuna y la acoge en su seno.

La noche acaba y los primeros rayos de sol muestran la sangría dejada por la legión oscura. En el puente yace el cuerpo sin vida del desafortunado amante. La guardiana de la ciudad ha desaparecido dejando tras de si el brazalete regalado tiempo atrás por su prometido.

La ciudad llora por la tragedia. Guarda como reliquia el brazalete en un cofre dorado y promete no olvidar a su protectora.

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