Ascua, ojos de sol – parte 1

Una sombra oscura se deslizaba rápidamente por el oscuro bosque, los animales nocturnos huían de su camino para después volver a salir y mirar en la dirección por donde había desaparecido la sombra. A medida que se adentraba más y más en el bosque más oscuro se volvía. De pronto hizo una pausa en su camino, alzó la mirada al oscuro cielo de la noche, y se sentó. Tras pronunciar unas palabras ininteligibles, volvió a levantarse y se perdió en la espesura. Tras su marcha, el bosque volvió a quedar en silencio y recobró la calma y tranquilidad características de la noche.

Era noche cerrada en lo profundo del bosque apenas se filtraba la débil luz de la luna en el cielo por entre las ramas de los árboles. El silencio reinaba por todos lados, no pasaba ni la más leve brisa. Todo estaba en la más absoluta calma. La luna estaba cerca de alcanzar su cenit en su ascensión a los cielos. Justo cuando llegaba a la cúspide, el cielo se iluminó por unos instantes.

Por un momento la noche se volvió día. Los animales nocturnos corrieron a sus guaridas a protegerse de la claridad de la que rehuían toda su vida. La luz permaneció por unos instantes tras los cuales se fue debilitando hasta devolver a la noche su oscuridad. De la luna descendía un haz luminoso que iba bajando hacía el bosque. Dentro del haz se podía entrever la figura de una muchacha.

La figura fue bajando hasta un pequeño claro. Cuando los pies tocaron la roca que cubría aquella parte del bosque, absorbió la luz en su cuerpo y quedó suspendida en el aire durante unos instantes. Se rebeló como una belleza inimaginable. Sedoso cabello plateado que le caía sobre la espalda, brillantes ojos plateados en los que se podía descubrir la luna, y un largo vestido blanco con adornos hechos en fino hila plateado que resplandecían en medio de la oscura noche.

Se levantó una suave brisa que acarició a la muchacha. Aquel tenue contacto hizo que dejara de estar suspendida en el aire, poniendo por fin los pies en el centro de un círculo de piedra. En este se hallaba grabada una estrella de cinco puntas con una media luna detrás suyo, con una inscripción en el borde del círculo.

La joven miró a su alrededor esperando ver aparecer a alguien, y se dio cuenta que en aquel bosque no había nadie que pudiera haberla invocado. Ningún animal podía invocarla, solo sus servidores podían llamarla, y ninguno de ellos huiría de su señora. Sin embargo debía haber un motivo por el que estuviera en la Tierra, en esa hermosa bola azul que divisaba desde su palacio en la Luna.

No podía irse de vuelta a su hogar sin saber el misterioso motivo por el que había sido invocada. Se convertiría en un misterio que le carcomería la cabeza por días, quien sabía hasta cuándo. Su única solución era llamar a sus asistentes para que la ayudasen a resolver aquel misterio. Creó en su mano dos bolas de luz que apenas una vez creadas salieron de su mano y se internaron en el bosque en distintas direcciones.

Mientras esperaba, se paseó por los alrededores del círculo de invocación buscando por quien la había invocado, sin resultado alguno. Finalmente se sentó encima de una roca con aspecto de trono. No tuvo que esperar mucho tiempo hasta que vio aparecer por entre los árboles la oscura figura de un gran can, que fue saltando los obstáculos que suponían las raíces de los árboles, troncos caídos…Cuando llegó a la altura de la joven, realizó una reverencia.

-¿Me habéis mandado llamar mi señora Selene?- dijo con voz gutural el lobo. A la luz de la luna se podía distinguir el pelaje grisáceo de su lomo. En sus palabras imprimía el profundo respeto que tenía para con su señora.

-Así es Tsuki. También he llamado a Yue- dijo con voz pausada Selene. Su voz era suave y hermosa, con un toque dulce, como toda ella. Sonaba muy armoniosa.- Os contaré los motivos a los dos al tiempo, mi buen amigo.

Tsuki realizó nuevamente una reverencia y fue a sentarse al lado de su ama a la espera de Yue. No pasó mucho rato hasta que Tsuki captó el batir de alas que anunciaban la llegada de Yue. Su sombra apareció recortada por los árboles y de vez en cuando se la podía ver gracias a los rayos de luz que se filtraban por entre los árboles. Se trataba de una pequeña lechuza gris cuyas alas batía con fuerza y de forma rápida. Al llegar al claro se posó en una rama cercana enfrente de Selene.

-Lamento la tardanza mi señora, pero me hallaba lejos de aquí- dijo haciendo una reverencia a la gran dama. El lobo Tsuki fue a reunirse con ella.- Espero podáis perdonarme.

-No hay nada que perdonar Yue. Lo entiendo perfectamente- le tranquilizó. Se puso de pie y entró nuevamente en el círculo.- Os he llamado porque alguien me ha invocado, pero cuando he llegado no había nadie. Quiero que me ayudéis a resolver el enigma.

Ambos compañeros se miraron con perplejidad. Ninguno parecía saber nada. Tsuki se adelantó ante la atenta mirada de Yue. Selene le miraba intrigada.

-Os puedo decir que no he visto a nadie. Esta noche he estado merodeando por la zona- habló con voz clara. Después pareció dudar y volvió a hablar.- Aunque una sombra esquiva se ha estado paseando esta noche. Podría haber sido ella.

-Yo también la vi, estaba saliendo del Templo. Pensé que se trataba de un fiel que iba de forma tardía a adoraros- dijo Yue desde la rama del árbol.

-Pues iremos allí a ver qué es lo que encontramos- fue la decisión de Selene. –Vosotros me acompañareis. Vamos, el camino hasta el Templo es largo y solo tenemos hasta el alba.

La diosa emprendió el camino franqueada por sus acompañantes. Se internaron dirección sur. A medida que avanzaban los árboles se encontraban más distanciados y dejaban entrar la luz de la luna llena iluminando el camino a seguir, un camino que se conocían. A su paso los animales nocturnos dejaban de lado sus actividades para ver pasar a la divina comitiva.

Al cabo de un buen rato, llegaron a un claro presidido por una enorme cascada que llenaba continuamente el caudal del río. Se acercaron a la pared abrupta en la que estaba esculpida de forma perfecta una escalera que llevaba hasta la cima del acantilado. La escalera estaba en perfectas condiciones y todos los escalones estaban iluminados por velas. El ascenso fue rápido al llegar a la cima se podía ver como el Templo de Selene presidía el acantilado.

El templo estaba hecho de mármol blanco que resplandecía bajo la luz de la luna llena e iluminado por cientos de velas que cada noche se encargaban de encender los sacerdotes. El acceso al templo se llevaba a cabo a través de las escaleras, flanqueadas por sendas columnas, que llevaban al atrio. Desde allí se accedía al interior del templo que contaba con columnas a ambos lados hasta llegar al altar desde donde una estatua de Selene de pie, sosteniendo en su mano derecha el astro que protegía. Delante de la estatua se hallaba el altar y enfrente de este, en el suelo el mismo círculo de invocación del bosque.

Tsuki y Yue se adelantaron. Yue únicamente sobrevoló la sala rápidamente hasta posarse en la luna que sostenía la estatua. Tsuki por su parte se tomó la tarea más en serio y se dedicó a olfatear cada centímetro del suelo hasta llegar al altar, donde se detuvo.

-Mi señora venid a ver esto- dijo Tsuki señalando el círculo de invocación.- Alguien a abandonado a un cachorro humano.

-¿Qué dices Tsuki?- preguntó Selene perpleja acercándose a donde se encontraba el lobo.

Cuando llegó al centro de la nave se dio cuenta de que lo que decía Tsuki era verdad. Corrió el tramo que le faltaba y se arrodilló en el suelo para ver mejor al infante. Se trataba de una niña con un incipiente pelo rojo como el fuego. La cogió en brazos con mucho cuidado, aguantándole bien la cabecita, como la experta madre que era, y se levantó. Se encontraba dormida ajena a la visita divina y a su abandono. No debía de tener más que unos pocos meses.

Enseguida se ganó el cariño de Selene, la veía tan pequeña e indefensa que no tenía ganas de soltarla. El bebé se despertó y, lejos de llorar, tendió sus pequeños bracitos hacia la cara de Selene riéndose de algo que solo ella sabía. Tenía los ojos dorados y su risa era como escuchar un millar de campanillas.

Aquel gesto conmovió a Selene. Alzó a la niña en brazos por encima de su cabeza. La luz de la luna que entraba por un tragaluz le daba de pleno. Su piel canela centelleaba bajo la luz y en sus ojos centelleaba el fuego del sol.

Estaba claro que no era una niña normal, era especial y aunque ignoraba el porqué de su abandono, estaba segura que su invocación se debía a aquella niña. Su deber era hacerse cargo de la niña, no tenía la menor duda. La criaría junto a sus hijos mellizos. Tendría un futuro.

-¿Qué vais a hacer con ella mi Señora?- preguntó Yue que había descendido sobre el altar, curioso.

-Se viene conmigo Yue. Mi pequeña Ascua- dijo embelesada y sin apartar los ojos de la niña.- Será mejor que vuelva a casa. Intentad averiguar algo acerca de la niña y comunicádmelo. Si no, no os preocupéis.

Tsuki y Yue hicieron una reverencia indicando que habían entendido las órdenes. Mientras Selene entró en el círculo sin apartar los ojos de la niña. Volvió a aparecer el misterioso haz de luz procedente de la luna y ambas ascendieron por él. Selene volvía a casa y Ascua estaba por descubrir su nuevo hogar.

Cuando llegaron al palacio en la luna les esperaba un hombre de pelo moreno, ojos azules y sonrisa de ensueño. Iba vestido con un traje plateado y camisa blanca. Cuando vio aparecer a Selene se acercó a recibirla pero se paró de golpe al ver el bulto que llevaba en sus brazos.

-¿Qué llevas ahí Selene? ¿Es lo que creo que es?- preguntó abrazándola y besándole la frente.

-Endimión es nuestra nueva hija, Ascua- dijo con dulzura la diosa mirando con gran cariño a su marido. Este enarcó una ceja esperando saber más.- Me invocaron pero quien quiera que lo hiciera desapareció. Fuimos al Templo y allí la encontramos. Es una niña especial. Lo he visto. Aquí tendrá una familia que la querrá mucho más de lo que podía imaginar.

-Como desees Selene- se separó de su esposa y realizó una reverencia. Después volvió a abrazarla.- Es tarde. Será mejor que descanséis.

-Tienes razón pero antes llevaré a la niña a la habitación de Diana.

-Te acompaño.

Se deslizaron por los pasillos del palacio. No se toparon con nadie. Sus pasos resonaban en el suelo pero la niña miraba curiosa a su alrededor. Los grandes vitrales mostraban la Tierra como una enorme bola azul, hermosa y frágil. A la mitad del pasillo se detuvieron ante una gran puerta blanca con el símbolo de la luna tallado en el medio. Endimión abrió la puerta y entró en silencio, Selene le siguió. No encendieron las luces para no despertar a la durmiente Diana.

La luz apenas entraba en la habitación y dejó en la gran cuna a Ascua durmiendo con Diana. Ascua levantó sus bracitos, no quería dormir. Selene viéndolo le puso un dedo sobre la frente y poco a poco Ascua cayó en un profundo y dulce sueño.

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