El leñador y el hada

El leñador y el hada by Do.Lobera

En una lejana montaña encantada vivía un joven y apuesto leñador. Como cada día, salió de su humilde cabaña para hacer su trabajo con su hacha en la mano. Por el camino a la zona en la que estaba talando, vio un tenue brillo en los pies de un árbol. Al acercarse, vio que había una pequeña hadita. Estaba fría y apenas se movía. Era grave, un hada enferma siempre era grave…

Dejó de lado su trabajo y volvió con ella a su cabaña. No era la primera vez que curaba a una de ellas. Al llegar, la dejó en una camita de pétalos y fue a buscar algunas de las medicinas que ya tenía preparadas. Ninguna le hizo efecto. Era raro, muy raro.

Salió a la puerta de su cabaña y empezó a tocar una flauta de pan que no emitía ningún sonido. No era necesario, las hadas si eran capaces de escucharlo.

Al poco rato vio una diminuta luz que se acercaba. Esta se posó en su nariz y pudo ver al jefe de los médicos de las hadas. Le hizo pasar para que atendiese a la paciente… Más él tampoco logró sanarla… La hadita iba a morir… Cuando se hubo marchado el médico, el leñador hizo por la hadita lo único que podía hacer para aliviar lo que tuviera, tocar la flauta de pan.

Tocó toda la noche las más bellas melodías que conocía e incluso se inventó algunas… Tocó tanto que, cuando apenas empezaba a despuntar el alba paró un momento para descansar y se quedó dormido. Cuando se despertó, se dio cuenta de que el sol estaba en lo alto del cielo. Se sobresaltó y fue a mirar a la hadita. Esta no se encontraba en su camita de pétalos, había muerto. Lloró, no le gustaba que un hadita muriera. Sintió que un pañuelo secaba sus lágrimas. Cogió el pañuelo que estaba siendo sostenido por una diminuta luz. Se fijó en ella… Era la hadita enferma que estaba volando a su alrededor.

No lo entendía, ni siquiera el sanador había podido curarla… 

La hadita reía contenta. Se posó sobre su nariz y le habló con voz cristalina. 

– Tu música me ha sanado. Muchas gracias – le explicó con una sonrisa. – Es muy bonita.

Nunca nadie le había alabado su pericia con la flauta de pan y por ello, se sonrojó. Y es que el leñador, tampoco sabía recibir elogios.

– ¿Podrías tocarme más, por favor?

– Claro

Y el joven leñador volvió a coger la flauta para tocar para ella. 

Durante los siguientes días, la hadita se fue recuperando en la cabaña del leñador mientras este le tocaba nuevas y hermosas melodías. Siempre que podía, acudía a su trabajo pero no por mucho tiempo pues sentía la necesidad de volver a su casa y asegurarse que la hadita estaba bien. Más sus temores eran infundados. La hadita estaba cada día más fuerte.

El día de la partida, ambos estaban tristes. Él se había acostumbrado a la presencia del hda en su casa y su constante compañía. Sin ella, la casa iba a ser muy solitaria… Y ella, la hadita, echaría de menos a aquel amable humano que la había salvado, a él y a su música. Además, ¿cómo iba a cuidarse aquel leñador? No entendía cómo había podido sobrevivir solo.

Las hadas vinieron a buscarla para llevarla a casa. Debía partir. El leñador la abrazó con las manos y le prometió que aquella cabaña siempre estaría abierta para ella. Esas palabras llegaron muy hondo a la hadita quien, finalmente, se negó a irse con sus compañeras.

El leñador estaba feliz. Lo había deseado, pero no podía permitirse realizar esa petición. Ella era un hada y él un humano. Pertenecían a mundos distintos… pero nada de eso tenía importancia si la amistad y el cariño era sincero.

Así, hada y leñador vivieron juntos por muchos años. Gracias a la música que cada día le tocaba, florecieron muchas flores alrededor de la cabaña que atrajeron a numerosas hadas que volvieron aquel pedazo de bosque el más bello de todos.

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