Una aventura de Meco


Una aventura de Meco


La casa rebosada de actividad. Habían llegado visitas y Meco no podía estar más contento. Saltaba, husmeaba por la rendija de la puerta y hasta llegaba a ladrar. Quería verlas, darles besos pero estaban tardando en salir a saludarle. Aquello no podía ser, él era el rey de la casa.

Por fin salió alguien a verle, era una de sus titas. Corrió como loco a su alrededor buscando unos mimos que ella no tardó en darle. Si, le hacía mucho caso y estaba encantado pero algo no iba bien. Había oído más voces, al menos dos más aparte de su ama, sin embargo no salían. Estaba indignado. Se acercó a la puerta con aire ofendido por aquellos desaires, esperando poder entrar en la casa para exigir mimos. 

Finalmente, la puerta se abrió mostrando las otras dos titas. Recuperó su entusiasmo que era tanto, que apenas las dejaba salir por la puerta. Saltaba y daba besos a diestro y siniestro. Ya no podía ser más feliz, aunque unos huesos o mejor  un chuletón podía ayudar mucho a alcanzar la completa felicidad.

En ese momento, con todo controlado y habiendo saludado a todo el mundo, se relajó y siguió con sus  juegos como rebozarse en la tierra, con cuidado de no tocar las lechugas recién plantadas, cazar a algún atrevido ratón de campo o jugar con sus juguetes. Pero ese día había muchas abejas que iban de flor en flor y pensó en echarles de su jardín. No le habían pedido permiso.

Primero, intentó darles zarpazos para asustarlas pero las abejas eran muy rápidas. Luego intentó cazarlas  con la boca, seguro de que así no lo veían venir. Pero aún así era muy lento para ellas. Estaba enfadado, se estaban riendo de él. Entonces vio a una abejita dormida, si lograba capturarla podría echar al resto de abejas. Se acercó con sigilo, abrió sus fauces y volvió a fallar. Esta vez estaba tan tan convencido de que la iba a capturar que había hecho mucha fuerza y se había hecho daño. Gimoteando se acercó a su ama y a las titas hasta que se dio cuenta de que se reían de su desgracia. 

Se fue ofendido a un rincón e intentó no hacerles caso, pero cuando vio que una de sus titas jugaba a los dardos, no pudo evitar ir a mirar. No era como su amo, todavía tenía mucho que aprender. Cuando se le caían los dardos, Meco muy diligentemente, los recogía y se los llevaba. Y claro, recibía más mimos. Pero al poco rato la tita dejó de jugar. No le importó demasiado ya que olió cómo encendían la barbacoa. 

La boca ya se le hacía agua. Ese día iba a comer bien. Se quedó cerca, mirando a la cocina donde se preparaba la carne. No iba a poder esperar. Siempre le daban algo, pero al final… Vio como sacaban los platos con la carne todavía cruda. Se relamió el hocico. Entonces se dio cuenta de que todos estaban dentro y que él tenía la carne a su merced. Con sigilo y asegurándose de que no le veían, cogió uno de los chuletones que habían preparado y se lo llevó a su rincón secreto. Allí, lo devoró con ahínco  disfrutando de esa deliciosa comida. Que bueno que estaba, aunque no podía esperar menos ya que sus amos y sus titas siempre comían lo mejor.

—Marian, aquí falta un chuletón, ¿dónde está?

Mecó levantó la cabeza al oír la voz de su amo Josep. Ya había llegado.

Dejó a un lado la comida y fue a saludarle mientras intentaba parecer inocente por la desaparición de ese pedazo de carne.

—Estaba ahí cariño, los aliñamos todos juntos.

Meco saltaba a su alrededor inocentemente, de no hacerlo sería aún más sospechoso: pero todos le conocían e inevitablemente las sospechas recayeron sobre él.

—Batubadei Meco, anda que no has comido bien ¿eh? – le preguntó Josep. El perro solo ladró afirmativamente, ya no se podía esconder. – Bueno vete ya no tienes más.

Él se fue a terminar de zamparse su chuletón. Aunque muy bueno, le supo a poco e intentó volver por más, después de todo las titas siempre le traían algo. Efectivamente, cuando la carne empezaba a hacerse en la barbacoa le sacaron un montón de huesos que también devoró en un santiamén. Se quedó tan lleno que se fue a tumbar y hacer la siesta al calor del sol.

Se despertó al oír el zumbido de unas abejas que pasaban a su lado. Qué pesadas. Iba a volver a intentar cazarlas cuando se dio cuenta de que las titas se marchaban. Corrió a despedirlas, las iba a echar de menos, pero sabía que pronto volverían. Ladró cuando se cerró la puerta mientras se acercaba a la parte trasera de la casa para despedirlas una vez más cuando pasaran con el coche. Al poco rato las vio pasar con su cochecito azul y les lanzó un último ladrido.

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