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Romo, el lobo medio perro

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Romo, el lobo medio perro


Érase una vez, en un bosque lejano, qué vivía una gran manada de lobos.  Esta mandaba en el bosque con mano firme y contundente aunque no por ello eran intolerantes, de hecho se caracterizaban por su tolerancia y sus juicios justos. Sin embargo, había una ley que siempre se debía cumplir por encima de todas, no entrar en contacto con el mundo humano salvo para atacarlo en caso de extrema necesidad.

Todos la cumplían, pues no era difícil ni descabellada. Pero no era el caso del joven lobo Romo. Él no estaba de acuerdo con la ley. Pensaba que estaría bien encontrarse con los humanos, que podían ser buenos como le había contado su padre. Muchos achacaban las locas ideas de Romo a su padre y a su ascendencia perruna, al llamamiento de la sangre domesticada.

Durante un tiempo Romo, a pesar de sus ideas, se mantuvo fiel a las normas. Sin embargo, eso cambió cuando un día encontró a una humana herida y la ayudó a volver a casa. El jefe de la manada se lo echó en cara, entonces Romo decidió separarse de ellos, tomar un camino separado. Sabía muy bien adónde iría, a la ciudad de los hombres a dónde pertenecía su otra mitad. 

Entró con cuidado, alerta ante cualquier signo de actividad. Era de noche y apenas había gente despierta por lo que fue fácil pasar inadvertido. Usó su olfato para rastrear a la humana que había ayudado. Le resultó muy fácil, después de todo se había pasado toda su vida siguiendo rastros por el bosque. Era un experto.

Pasó por calles estrechas y más iluminadas, después continuó por otras más amplias que estaban llenas de luz y sabrosos olores. Se relamió los labios. Se encontraba hambriento y se acercó a unos humanos olfateando. Estos, muy amablemente, le dieron un trozo de carne que calmó su apetito. Por un momento, se mantuvo en el sitio esperando más comida pero no le dieron otro bocado. Continuó su camino asombrado por todas las novedades de ese lugar, por los humanos, por su exquisita comida, por sus luces…

Pasó toda la noche de un lado a otro. Al llegar el amanecer se encontraba exhausto y desorientado. Había perdido el rastro de la humana. Se maldijo por el descuido. Lo más importante durante una cacería o búsqueda era estar centrado, evitar distracciones… Volvió a buscar su rastro, aunque con tantos olores nuevos se convirtió en una tarea complicada. Por fin pensó que lo había encontrado y siguió su rastro sin tener la seguridad de que fuera correcto. 

Fue en ese momento en qué descubrió algo terrible del mundo de los humanos. Por las calles circulaban unos máquinas extrañas y monstruosas que olían muy mal. Se arrepentía de haberse ido del bosque, de haber dejado a la manada. Pero no había marcha atrás.

Continuó por esas calles que empezaba a odiar. Caminó con cuidado hacia una zona más tranquila, de casas más grandes  qué contaban con amplios jardines. El aire olía mucho mejor, permitiéndole recuperar el rastro de la humana. Su olfato le llevó hasta una casa con un amplio jardín. No había forma de entrar por lo que parecía la entrada así que la rodeó. En la parte de atrás, puedo subirse a unos cubos y entrar en la casa. Se escondió en uno de los arbustos y esperó. Quería darle una sorpresa.

La puerta se empezó a abrir y ella finalmente salió. Ladró para avisarla mientras acudía a su encuentro. Ella le reconoció de inmediato y también fue a saludarle. Romo estaba feliz. Adoraba esos mimos que la humana le prodigaba. Tras un largo rato, fue a buscarle algo de comida. Mientras esperaba, salió un hombre más mayor que le empezó a gritar y a intentar echarle de la casa. La muchacha acudió a proteger a Romo. Ambos se enzarzaron en una excursión que el hombre ganó y la chica tuvo que sacar a Romo del jardín, prometiéndole que muy pronto podría quedarse con ella. Le dejó la comida que había ido a buscar y se marchó. Romo la devoró y se tumbó a dormir un rato, lo necesitaba.

Durmió durante todo el día y hubiera podido continuar durmiendo toda la noche si su estómago no se hubiera quejado. Se despertó confuso, no estaba en su cueva con los demás lobos pero pronto recordó que se había adentrado en el mundo de los humanos. Debía ir a buscar comida, más a su lado encontró que le habían dejado un pedazo de carne. Tenía hambre, pero no tanto como esta mañana, y comió más tranquilo, saboreando cada bocado.

De pronto, le sobresaltó un ruido que rompió el silencio de la noche. Procedía de la casa de la muchacha. Ni corto ni perezoso entró en el jardín igual que había hecho esa misma mañana. Rodeo el perímetro, todo estaba tranquilo. ¿Habrían sido imaginaciones suyas? Miró también hacia arriba y vio como un hombre salía por una ventana. Eso no podía ser muy normal.

Se puso a ladrar y a buscar una forma de subir hasta él. Aquel hombre se había asustado pero aún así buscaba huir de la casa, sin embargo estaba atrapado entre Romo y los habitantes de la casa que empezaban a despertarse. Se decidió por saltar al jardín y enfrentarse al que imaginó era un perro callejero. Sacó un cuchillo para enfrentarse a Romo, pero él era mucho más que un perro, era un medio lobo con un gran adiestramiento en la caza y en la defensa. Saltó sobre el hombre desarmándolo al mismo tiempo.

Cuando llegaron los habitantes de la casa se encontraron al hombre paralizado bajo el gran perro. Tras llamar a la policía e inspeccionarlo, descubrieron que había robado todas las joyas de la familia. Agradecidos con Romo por haberles ayudado hasta en dos ocasiones, le dejaron quedarse con ellos, convirtiéndose en su perro guardián.

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