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El reino de Lobera – 21 – El camino tenebroso – El geiser

El reino de Lobera

Entraron en el territorio con las primeras luces del día aunque ahí seguía estando oscuro. Al entrar en ese reino de tinieblas, Lamia dejó de ser un pájaro de fuego, Ginega se convirtió en una humana más lo mismo que Galena. La magia había desaparecido. A pesar de todo continuaron avanzando.

Lamia encabezaba la marcha observando qué obstáculos había que sortear. Después iba Siriel y Akal, la caballera para defender y el príncipe para guiarles. Ginega les seguía ayudando a Galena a caminar. Tomás cerraba la marcha. Akal miraba el mapa y el terreno por el que iban pero nada era igual, como si el terreno hubiera cambiado. Pero no era posible.

Avanzaron por el centro para evitar unas arenas movedizas pero en su lugar un fuerte chorro de agua hirviendo les hizo retroceder. De él aparecieron dos espíritus demoniacos que les atacaron con fiereza. Eran espíritus de agua a los que no les afectaba la espada de Siriel o el hacha de Tomás. Parecían invencibles.

Akal dejó que los guerreros trataran de vencerlas y mientras tanto reculó hasta toparse con Ginega y Galena.

—Sirenita, debe haber alguna forma de derrotarlos—comentó preocupada la antigua giganta.

—El agua se adapta a todo fluye y nunca pierde.

—Principito, ¿en tus libros no hay nada que los pueda vencer?—volvió a preguntar.

Akal intentó hacer un repaso a lo que sabía.

—Galena está en lo cierto—Ginega iba a atacar cuando Akal continuó.—Pero el elemento contrario del agua es la tierra y es la única que puede hacerle perder forma por lo que tardaría en recuperarse.

—Pues aquí tengo unas piedras muy bonitas para tirar.

Desde la retaguardia, Akal, Galena y Ginega empezaron a tirar piedras a los demonios que iban perdiendo la forma dando tiempo a Siriel y Tomás para retirarse. Lamia también empezó a tirar rocas desde las alturas. Era lo más efectivo que tenían pero no era suficiente. Los demonios seguían avanzando y arañándoles con sus garras de agua. Se estaban cansando cuando el geiser dejó de arrojar agua y volvió a quedarse tranquilo. Con él, los espíritus demoniacos desaparecieron.

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