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Giumalar, el enano valiente

Cuentos - microrelatos

Érase una vez, en el reino de los enanos mineros que estaban a la espera de noticias por parte de los elfos pero estas no llegaban. En ella esperaban que les dijeran si seguían interesados en la corona de oro y diamantes que habían solicitado, de lo contrario la venderían al mejor postor entre los humanos. Pero era peligroso contrariar a los elfos y por eso esperaban.

Giumalar, el enano encargado de limpiar el taller, llevaba semanas oyendo las quejas de los orfebres. Ninguno hacía nada, pues estaban poco dispuestos a abandonar la cómoda cueva en la que vivían para ir a los bosques de los elfos. Eran unos cobardes. Pero Giumalar era valiente y no tenía miedo a nada.

El enano colgó su bata y armado con su escoba salió de la cueva y emprendió el camino al reino de los elfos. Nada más salir, se topó con una terrible tormenta de agua, viento y poderosos relámpagos. Pero Giumalar, continuó su camino transformando su escoba en un gran paraguas que le mantuvo completamente seco. Cuando llegó la noche, y valiéndose de su pequeño tamaño, se refugió dentro del paraguas abierto y durmió hasta que unos tímidos rayos de sol se abrieron camino entre las espesas nubes de lluvia.

La tormenta siguió durante días y días y Giumalar siguió caminando sin miedo, vareando algunos riachuelos y pequeños lagos que la tormenta había formado. Finalmente llegó a las montañas que se alzaban como frontera entre las cuevas subterráneas de los enanos y los frondosos bosques de los elfos. Allí encontró al emisario elfo parapetado por un saliente de roca. Había creado una especie de casa provisional, seguramente a la espera de que pasara la lluvia. Otro cobarde como sus compañeros enanos.

—Eh tú, ven conmigo — le gritó de mal humor.

El elfo le miró de arriba abajo y no se movió.

—Sólo es un poco de agua, gallina. Mi gente está a la espera de tus noticias.

—Es mejor esperar, la paciencia es una virtud y los enanos deberían aprenderla—respondió suavemente el emisario. Su voz no tenía ni un ápice de emoción.

Diablos, por eso odiaba a los elfos, eran una criaturas sin aparente sangre en las venas, todo frialdad y calma.

—Pues deja que te diga que esta tormenta no se irá en los próximos meses. Es una tormenta de otoño de las grandes y a menos que quieras quedarte aquí lo mejor será que me sigas elfo.

Era una mentira de las grandes pero el elfo se la creyó. Le miró con los ojos bien abiertos y empezó a recoger su improvisado camping. Gracias a los dioses enanos. Emprendieron el camino de vuelta a lomos del caballo del emisario y gracias a este tardaron solamente tres días en llegar a las cuevas.

Allí, el emisario elfo comentó que su rey seguía interesado en la corona y que había venido a buscarla. Sin embargo solicitó quedarse en sus cuevas durante los siguientes meses hasta que pasara la tormenta. Los enanos se miraron sorprendidos por la petición y aún más cuando descubrieron la mentira de Giumalar. El elfo se sonrojó y el enano se rio tan fuertemente que su risa tronó por todas las cuevas.

Dos días más tarde de su llegada, la tormenta finalmente amainó y el elfo con la corona abandonó los dominios enanos. Mientras tanto, Giumalar se había decidido a crear un grupo de emisarios enanos que fuera capaz de llevar mensajes entre los reinos sin el temor de abandonar sus queridas cuevas. Irían armados con sus queridas y mágicas escobas y, por supuesto, con un zurrón donde llevar las misivas. A este nuevo proyecto, lo llamó Correos.

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