El reino de Lobera – 41 – Los consejos del mago

El reino de Lobera

—Ahh, joven príncipe Akal, te estaba esperando. Sabía que algún día un joven de corazón noble se alzaría contra la temida bruja Wulfrugida y necesitaría mi ayuda.

—En realidad, ha sido pura casualidad.

—No importa como llegamos a los sitios muchacho, importa lo que decidimos hacer una vez llegamos. Y ahora deja que te de mi ayuda.

«La magia de Wulfrugida se centra en el miedo y en las inseguridades de cada uno, es lo que le da poder y lo que le ha permitido crear este siniestro reino. Muchos de los que nos hemos aventurado aquí hemos caído presas de nosotros mismos, haciendo más fuerte a la bruja. Vosotros mismos habéis sido presas de vuestros miedos…

Hasta aquel momento, Akal no había caído en ello, había pensado que todo era fruto de la magia de la bruja. Pero ahora, tras las palabras del anciano, se daba cuenta que todos habían sido atacados o desprovisto de aquello que les hacía más fuertes. Y él, bueno, estaba tan acostumbrado a no ser nada que había seguido adelante, consiguiendo una fuerza que desconocía.

—Vencerlos implica vencer a la bruja. Vosotros, y especialmente tu Akal, habéis hecho frente a vuestros miedos y os habéis hecho fuertes. Por ello, sus dominios se han debilitado y vuelven a florecer. Pero la fuerza y autodeterminación no son suficientes. Hay que matar a la bruja.

—¿Y cómo podremos vencerla? Si nos lanza sus conjuros estamos acabados.

—¿Y para que tienes una espada muchacho? Esa espada es una espada mágica, si confías en ti, podrá repeler sus hechizos. Su inscripción está clara…

—Lo sé, dice «Bis vincit qui se vincit in victoria» que significa: Conquista dos veces quien a la hora de la conquista, se conquista a sí mismo.

—Efectivamente, deja que ella te guie y te de fuerzas. Llegado el momento, podrás matar a la bruja atravesando con ella su corazón.

Ante ese último comentario, el joven príncipe torció el semblante. No le gustaba esa perspectiva, no porque hubiera sido incapaz de tocar a nadie en sus clases de esgrima, si no por el hecho implícito que había en él, matar.

El espíritu del mago na pareció darse cuenta y continuó hablando.

—Y ahora, para cada uno de vosotros, valientes acompañantes, os quiero dar algo. A la única caballera del reino de Lobera, decirte que ya lo tienes todo pero para esta batalla tal vez quieras usar el arco que hay colgado de la pared. Sus flechas salen solas y no tendrás que preocuparte de quedarte sin munición.

«Al leñador que ha abandonado los bosques le aconsejo que coja el martillo de guerra que hay en el suelo, con él harás temblar cualquier superficie que toques.

«A la pequeña pececilla fuera del agua he de pedirle que se haga con la rama de sauco abandonada junto a la escoba del calabozo, con ella te aseguro que tocaras las más bellas y letales melodías.

«Y a al magnifico y joven dragón y a su madre adoptiva, deciros que no debéis temer de ningún fuego porque de fuego sois y solo vuestros temores os harán sufrir quemaduras del él. El fuego es neutro y obedece a aquellos que lo dominan si los ven dignos de él. Sed dignos de todos los tipos de fuego y seréis sus reyes.

«Y ahora id valientes, cumplid vuestro cometido. Destruid el mal y al bien haced reinar.

La figura del mago desapareció, dejando a aquel variopinto equipo, armado para derrotar a la temida bruja inmortal Wulfrugida.


Continuará

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